lunes, 7 de noviembre de 2011

REFLEXIONES SOBRE "CIUDAD PERDIDA", por Angelita Bonnet

Imaginemos un viaje hacia un lugar ignoto y que nuestra única referencia es un plano borroso, al que le faltan fragmentos. Y paso a paso, en su tránsito, vamos descubriendo paisajes fascinantes cuya geografía desborda los límites de un mapa.

La lectura de “Ciudad Perdida” es ese viaje.

La primera visión de este mundo ficcional está fragmentada, rasgada, como el plano borroso al que aludíamos.

La historia de una fábrica que se cierra es el tópico del relato, que se organiza en una estructura poética y reveladora.

El narrador no se distancia del personaje, su visión es conjunta. Pero este es un relato polifónico, a dos voces. Se escinde en dos miradas: la de Vladas, el sereno de una fábrica cerrada para siempre, y la de Pol, el viajero que aparece en una ciudad desconocida. Esta focalización múltiple es uno de los pilares de la excelencia del texto. También lo es el manejo de la temporalidad. Las anacronías son constantes: el tiempo fluctúa en un continuo devenir hacia adelante y hacia atrás. Otro aspecto a destacar es la original relación entre el tiempo de la historia y el tiempo del relato. El discurso narrativo se organiza de forma original, virtuosa, por cómo trasmite el flujo de los acontecimientos. Impera la elipsis, lapsos que generan un profundo sentido poético, íntimo. Está presente lo fantástico, lo no explicable ni desde la razón ni desde lo sobrenatural. Irrumpe, como en las tragedias griegas lo imposible, el no sentido. El hálito de la Odisea, impregna los acontecimientos.

Encerrado en la enorme fábrica, el sereno Vladas, “habia llegado a ese espacio inmenso, demasiado desolado para un solo hombre, de la forma en que se llega a una ciudad perdida” El relato salta a la virtualidad de un futuro, prolepsis; “Cuando vinieran a demolerlo todo (…) sería el final redundante de algo ya consumado”. Luego alude a un tiempo pasado, analepsis. “(En el centro de los recuerdos que no parecían tener un preciso punto de origen, estaba la fábrica…)”. Inundado por los recuerdos comienza a desenvolverse este personaje, El otro, Pol, está volviendo en un globo aerostático desde una ciudad perdida donde vivió siete días con sus siete noches de siete lunas, dejándose guiar por una mujer de nombre mítico, Excelia. Se presenta ”Subido en el viento, continuaba sobrevolando la noche del océano, vuelvo a un trueque inminente de memorias (…) Y a determinada altura del viaje, me desprendería de todo lo vivido en una extraña ciudad separada del mundo).”

Hay simetría entre ambas presentaciones, dada por el juego metafórico de las formas verbales, que evidencian las rupturas temporales. La simetría aparece también en la espacialidad, la fábrica es como “una ciudad perdida” y el otro retorna de “una extraña ciudad separada del mundo”. Se insinúa el correlato entre lo real y lo imaginativo.

La presentación polifónica plantea una narración escindida en dos historias: una en los capítulos pares y la otra en los impares. A pesar de ello, no se advierten desgarraduras críticas en el tejido narrativo. La habilidad del autor promueve el fundido del relato y los capítulos son cortes que enlazan, imperceptiblemente, las secuencias, sin dejar fisuras ni baches. Es interesante analizar las transiciones y los lazos que van otorgando coherencia a todo el mundo ficcional. Dentro de él, encontramos indicios que giran sobre un personaje, un pensamiento, un objeto, emociones, suspenso, el espacio y el tiempo.

Van Gogh es un personaje vinculado a la fábrica y a Vladas. Es un ser marginal que vive de la caridad y pinta sus cuadros en cartones que siempre lleva a cuestas. Fue un alto ejecutivo de la empresa pero de buenas a primeras abandonó su bienestar. Rechaza su pasado._”¿De qué sirve el pasado?-decía. –De nada. Más vale olvidarlo y parirse uno mismo a cada instante” Sufría una enfermedad llamada desorden espacial. Sus manos actuaban con autonomía de tal modo que se involucraba en situaciones incómodas, algunas muy jocosas. En el mundo de Pol, el de la ciudad perdida, había aparecido un navegante que transforma la balsa en una casa, a la orilla del mar. Lo llamaban el Portador de Orillas. “Había desembarcado una mañana, bien temprano, hacía ya unos cuantos años (…) De él apenas se sabía que había tenido un problema grande, al otro lado del mar, un problema con sus manos…” Esta mención nos permite asociar a ambos personajes. Así como Van Gogh, porta su locura, pinta y se mutila a sí mismo (como el pintor famoso) el Portador de Orillas es un Ulises moderno, que viaja por los mares de la existencia, llevando su destino a cuestas. Se fusionan los dos personajes, cuando V. Gogh, encerrado en un psiquiátrico dice que lo bueno de ese lugar “…es sentirse tan liviano, tan poco responsable de la salvaje ineptitud de sus manos. Fue entonces que creyó encontrar la solución. Apenas saliera de allí, construiría una balsa destinada a ahogarse.-Soy una especie de portador de orillas -continuó diciéndole.- es algo que me llevó toda la vida entender.” Aquí se evidencia la fusión de las historias, con esa ambigüedad que se permite lo fantástico, esplendorosamente manejado.

El amor, también aparece contado a dos voces. La coincidencia de las historias se da, paradójicamente, por contradicción. Por un lado, el fracaso; como contracara, la esperanza.

Betis, ex esposa de Vladas, es una mujer caprichosa y posesiva. Manipula su relación exigiendo ser madre, es un ser complicado pero a la vez muy básico. Hasta cruel. Lo llama “…ese fracasado que quería ser poeta sin escribir, y solo sabía hacer botellas. Que tan bien no lo haría, después de todo, ya que por algo lo sacaron a patadas en el culo, junto a toda esa plantilla de inservibles (…) te lo di todo, hasta esa rienda suelta para soñar con lo que tu mediocridad crónica nunca te permitiría llegar a a ser”. La calidad espiritual y moral del personaje inhibe toda predisposición al amor. Sabe humillar. No le importa el cierre de la empresa, los dueños nunca quedan mal parados económicamente. Si ya no da dinero, cerramos y a otra cosa. Se huele el poder del dinero, su egocentrismo que la lleva a sentirse mesiánica por haberse casado con un obrero. Destaco la afirmación.” Te lo di todo” cuando en realidad el personaje siempre es presentado en actitudes mezquinas. Sin embargo, es cierto para ella, desde su mentalidad, que se lo ha dado todo.

Este personaje es emblemático: en sus palabras se concentra no solo la historia del sereno Vladas sino también el derrumbe de la fábrica, de una fábrica de vidrio. En su soledad se aferra a una fantasía que le presta la imagen de una mujer retratada en un aviso publicitario. Por las noches, la contempla iluminada por seis focos de luz “en fase llena”, el séptimo es la luna. Y por aquí el lector halla el camino en donde se une la bifurcación, en una sola senda. Pol, habita la ciudad perdida, cuya peculiaridad es que por las noches el cielo tiene siete lunas. Bajo ese cielo vive su historia de amor de siete días, con la mujer que lo guía por ese lugar desconocido. El lazo que ata o funde las dos historias se da por contraposición. El comportamiento de Excelia y Betis es como las dos caras de una misma moneda. Excelia no manipula. Redacta un contrato que estipula los términos de la relación. “No se podría hablar de sentimientos, ni de hijos…” En una semana él se tendría que ir. La esperanza queda latente en la actualización planteada en su último diálogo._”No te pongas triste (…) De algún modo, con otro nombre, con otro rostro, allí estaré esperándote. Aunque también te llames de otra forma. Aunque no te conozca. Y esta vez será sin contratos”

El perro blanco, que acompañaba a Vladas en su infancia, recorre ambas historias. “Ese perro albino, como aquel que cruzó por mi infancia hasta el día que se escapó de la mano de mi madre, arrastrando una flamante correa de cuero se perdió con su vida para siempre.” Pol, a su vez, se reencuentra con el perro blanco. .Ante la algarabía del encuentro, todos miran asombrados. (Los pescadores) “se divirtieron con la presencia del animal, como si no entendieran el secreto al que sólo yo tenía acceso.” Le explica a Excelia que es su mascota, que no sabe ni cuándo ni dónde, pero que ese perro fue de él alguna vez. Había vuelto “con la misma correa todavía arrastrando entre sus patas (ese detalle sí lo recuerdo, sin duda se trata de su vieja correa, aunque bastante más descolorida y gastada).” Ambas voces son una sola. Están unidas por el estrecho vínculo de la memoria que va dibujando esta tierra “sin mapa” y para rescatar su geografía acude a lo fantástico, a lo maravilloso.

Asistimos a una sugerente forma de direccionar el tiempo y aliñarlo en espacios fugaces, a través de la mención del objeto reloj. Vladas. en la fábrica, con una piedra ensangrentada con la sangre de la rata que acaba de matar, rompe el reloj:”lo único que conservaba un latido de vida”. Acaba de matar a la rata con la que quiso sustituir, sin lograrlo, al perro blanco, compañero fiel de su niñez. Una rata nunca puede ser perro. Asimismo, Excelia para el péndulo del reloj de su casa, en el momento que Pol se va para siempre. Es el destino del “héroe” que no se puede torcer. Los relojes se detienen. Se cierran lapsos internos. El tiempo seguirá.

Interesante recurso es el planteo de una novela dentro de la otra. Es a través de la escrita por Excelia, que se nos adelanta la partida de Pol a bordo del globo. Con breves pinceladas relata cómo será ese adiós definitivo. El uso del tiempo en Futuro anticipa lo inexorable; se resuelve magistralmente este caso de prolepsis. En la partida, aparece otra vez, el perro blanco. Se despide de ella con la promesa de encontrarse en otra dimensión de sus vidas. _”Me tengo que ir_ le dije al perro blanco, mientras me agachaba para rascarle la cabeza por última vez.” El diálogo actualiza el tiempo, la coincidencia con lo enunciado sumado a la obligatoriedad de lo dicho, nos vuelve al presente inexorable de la partida.

Diciendo adiós, ya volando,”…el perro se soltó de la mano con que ella lo retenía (…) Iba quedando más pequeño, hasta que se quedó un diminuto punto blanco(…) tratando inúltilmente de alcanzarme”. Otra vez, ese punto móvil que se desplaza en el tiempo de los recuerdos de ambos personajes. El recuerdo entrañable del perro que sigue siempre persiguiendo al amo aun desde su pérdida. Recordemos el hermoso paratexto: “A Josefa, que echada a mis pies escribió esta novela”) Esta vivencia, idéntica en ambos narradores, más las coincidencias ya anotadas, nos revelan que uno es la proyección del otro, o de sí mismo. Ese otro que saldrá por última vez de la fábrica donde ya no latía el reloj como único signo de vida. Simultáneamente, aquel que vuelve de ese lugar perdido, tan perdido como la fábrica, manifiesta.” Conociendo el camino llegaría a una puerta, al empujarla estaría abierta.” La esperanza late en esta apertura del lugar donde yacerá “perdiendo una memoria, recibiendo otra.”

Interesantísima novela de lo íntimo, construida con un lenguaje terso, preciso, pleno de hallazgos, de luces y de sombras. Es imposible no escuchar la vibración de este lenguaje en el que la tensión poética, pulsa al máximo su cuerda, para crear este mundo fascinante.

Reflexiones sobre “Ciudad Perdida” de Gustavo Esmoris por Angelita Bonnet

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